La próxima semana tendrán lugar las Jornadas de Puertas Abiertas anuales del Tribunal Supremo, cuya sede se encuentra en el antiguo Monasterio Real de la Visitación de Nuestra Señora, conocido popularmente en Madrid como las Salesas Reales.

Este año las jornadas sirven además para conmemorar el centenario del incendio que, en 1915, devastó el edificio y ocasionó su posterior reforma por parte del arquitecto Joaquín Rojí.

Aprovechamos esta celebración para recordar las visitas que realizamos este año con varios grupos del curso ARTE EN VIVO, pero nos vamos a alejar del contenido habitual de otras entradas de blogs que se dedican a este edificio, y que suelen centrarse en el recorrido seguido por los visitantes o bien en la historia del inmueble.

En este caso, aunque consideramos necesario hablar primero brevemente de la evolución histórica del antiguo monasterio, nuestra intención es prestar mayor atención al programa decorativo que siguieron en la reconstrucción del edificio entre los años ’20 y ’30 del siglo XX artistas como los escultores Miguel Blay, Lorenzo Collaut Valera, Mario Capuz y Fructuoso Orduna, y los pintores Marceliano Santamaría, Álvaro Alcála Galiano, José Garnelo y Alda y Enrique Simonet Lombardo.

Todos ellos fueron artistas que vivieron a caballo entre el siglo XIX y XX, pero que por sus concepciones pictóricas y escultóricas, son considerados plenamente decimonónicos.

BREVE REPASO A LA HISTORIA DEL ANTIGUO MONASTERIO DE LA VISITACIÓN

El Monasterio de la Visitación se levantó sobre un amplio terreno, situado entre el convento de Santa Bárbara y el prado de los agustinos recoletos. Aunque quedaba incluida dentro de la cerca de Felipe IV, se trataba de una zona prácticamente despoblada y alejada del centro urbano, en la cual los principales hitos urbanos eran otras instituciones religiosas, como los conventos de los agustinos recoletos, Santa Teresa y Santa Bárbara. De hecho, la verdadera urbanización de este sector de la villa de Madrid no comenzó hasta las desamortizaciones eclesiásticas, produciéndose entonces la transformación radical de su aspecto de la mano de agentes urbanizadores como la Sociedad General de Crédito Mobiliario, antecedente del Banco Español de Crédito (Banesto).

Fundación y construcción del monasterio

El monasterio fue fundado en 1748 por iniciativa personal de la reina Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI. Tradicionalmente se sostuvo que la finalidad de su fundación era introducir en España la orden femenina de las salesas y establecer un colegio para niñas nobles. Sin embargo, a partir del estudio publicado por el conde de Polentinos en 1916, algunos investigadores han indicado que además permitía a la reina contar con un refugio en el que aislarse del protocolo y alejarse de su suegra, Isabel de Farnesio, en caso de que falleciese Fernando VI.

Escultura de Bárbara de Braganza de Mariano Benlliure situada en la plaza de la Villa de París

La construcción del monasterio comenzó en 1750, concluyéndose las obras en 1757. François Carlier, arquitecto francés muy influyente en la corte en esos años, fue el elegido por la reina para encargarse del proyecto.

Durante la ejecución de las obras, Carlier se ausento en varias ocasiones de España, quedando la dirección de las obras en manos del aparejador Francisco Moradillo. Esta participación de Moradillo ha sembrado durante mucho tiempo dudas acerca de la autoría final del proyecto. No obstante, si atendemos a los planos conservados en el Archivo del Palacio Real, estos aparecen firmados por François Carlier, además de rotulados en francés. Por tanto, aunque Moradillo debió de introducir algunas modificaciones, como la inclusión de las torres en los extremos de la fachada principal de la iglesia, las trazas corresponden en gran parte al arquitecto francés.

Por otra parte, en la elaboración del programa iconográfico tuvo un papel importante Giovanni Domenico Olivieri, escultor de cámara de Fernando VI al que se deben la mayor parte de las esculturas de la iglesia y de la ornamentación.

El conjunto ocupaba un inmenso espacio entre la ronda de Recoletos (actual calle Génova) y el paseo de Recoletos. Estaba formado por el convento-colegio, la iglesia, la residencia real y los jardines y huertas. Un inmenso espacio al que se añadía además la lonja, que servía de acceso tanto al templo como al convento, la casa del hortelano o jardineros y las casas de los capellanes.

El edificio se organizaba alrededor de dos patios o claustros. Uno para las novicias, y el principal o mayor. En su extremo norte se situaba la residencia real o Cuarto de la Reina, la zona del monasterio reservada a Bárbara de Braganza, que por su tamaño y disposición dentro del conjunto adquirió gran protagonismo.

El edificio se encontraba rodeado por el jardín real, el huerto, la huerta y el llamado jardín de secano. El jardín real o Jardín de la Reina se encontraba frente al Cuarto Real, en el espacio que hoy en día ocupa la plaza de la Villa de París. Para más información sobre las características y distribución de estos antiguos espacios verdes os recomendamos la lectura del trabajo de Teodoro Martín que recogemos en la bibliografía.

Las transformaciones del monasterio

Un año después de la finalización de las obras fallece Bárbara de Braganza, y 1759 Fernando VI. La muerte de los reyes transformó la funcionalidad del edificio, que paso a tener un carácter exclusivamente monástico. Esta situación se mantuvo durante la segunda mitad del siglo XVIII y las primeras décadas de la siguiente centuria. A partir de ese momento, la desamortización y el crecimiento urbano de Madrid fueron afectando a su complejo hasta que finalmente, en 1870, se produce la incautación definitiva del convento.

Un decreto del Gobierno de ese mismo año dispuso el nuevo uso del edificio como Palacio de Justicia, excluyendo la iglesia, en la que continuaría el culto.

La transformación del antiguo monasterio de la Visitación en palacio de Justicia corrió a cargo del arquitecto Antonio Ruiz de Salces, quien intentó respetar todo lo posible la estructura y organización de Carlier.

En mayo de 1915, el edificio se ve afectado por un gran incendio que obliga a su reconstrucción (os dejamos el enlace al interesante texto elaborado por Mª Luisa Román con motivo de la conmemoración  del suceso). Joaquín Rojí y López Calvo es el arquitecto ganador del concurso que se convoca unos años después, en 1918, para llevar a cabo la rehabilitación.

Las obras se inician en 1921, alargándose hasta 1930, aunque suele considerarse 1926 como su fecha de finalización. Ese año, Rojí obtuvo  la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes por el proyecto.

Rojí conservó la estructura básica del antiguo monasterio e intento guardar la mayor similitud con las trazas originales de Carlier. De la obra del siglo XVIII y sus innumerables elementos decorativos sólo pudieron salvarse algunos restos de sus magníficos suelos de mármol, que Rojí ubicó en el gran vestíbulo de la entrada de la plaza de la Villa de París y en la Sala de Juntas (Pleno de la Audiencia).

Al tratarse de unos años difíciles para España, en un primer momento, se recurrió para la redecoración interior al mobiliario y las piezas procedentes de otros organismos oficiales. Después, se realizaron elementos decorativos que reprodujesen o imitasen a los originales perdidos. Por último, se encargó a artistas del momento, que no fueran excesivamente costosos, esculturas y frescos que enriqueciesen las fachadas y estancias nobles. Estas obras realizadas ex profeso para el edificio se centraron lógicamente en representaciones referidas a la Justicia, la Equidad, el Derecho y la Jurisprudencia, el gran cuarteto de las alegorías jurídicas.

PROGRAMA DECORATIVO DEL PALACIO DE JUSTICIA

En primer lugar, vamos a centrarnos en las decoraciones del interior del edificio, comenzando por el antiguo vestíbulo de a Audiencia Provincial, situado junto a la entrada de la calle del Marqués de la Ensenada. Se trata de un espacio de reminiscencias clásicas, en cuyo techo abovedado encontramos una serie de medallones pictóricos firmados por Álvaro Alcalá Galiano, conde del Real Aprecio.

Antiguo vestíbulo de la Audiencia Provincial. Tribunal Supremo

Este pintor y decorador, coetáneo de Ignacio Zuloaga, era conocido por sus escenas costumbristas de ambientes bretones y holandeses, una temática inusual en Madrid. Había sido discípulo de Jiménez Aranda y Joaquín Sorolla, heredando del primero la exactitud, fuerza y precisión en el dibujo, y del pintor valenciano el tratamiento de la luz y el color.

Los medallones realizados por Alcalá Galiano para el antiguo vestíbulo se titulan Derecho Natural, Derecho Romano, Derecho Canónico, Derecho Internacional y La entrega a Moisés de las tablas de la Ley. Se trata de alegorías que simbolizan la Administración de la Justicia, que se completan con cuatro mosaicos también alegóricos, situados sobre las puertas que se abren en los muros laterales, y que representan a la Ley, La Fortaleza, La Igualdad y la Elocuencia.

La entrega a Moisés de las tablas de la Ley, Álvaro Alcalá Galiano. Antiguo vestíbulo Audiencia Provincial
Galería de los pasos perdidos del Tribunal Supremo

A este artista corresponden también las pinturas realizadas en los tramos alternos del techo de la galería de los pasos perdidos de la planta superior, que hacen alusión a conceptos relacionados igualmente con la Justicia. En este caso, el delito, la riqueza, el progreso y la verdad desnuda.

Próximo a esta galería, se encuentra el Salón del Pleno del Tribunal Supremo, la estancia de mayor riqueza del edificio, y el lugar donde se celebra el acto solemne de apertura del año judicial presidido por el rey.

Este salón está cubierto con una bóveda esquifada y un techo moldurado con dorados. En el centro se sitúa la composición pictórica La Ley triunfando sobre el mal o El vencimiento de los delitos y los vicios ante la aparición de la Justicia, realizada por Marceliano Santa María Sedano en 1920. Es una composición barroquizante, que simboliza la esperanza y la espera de la aplicación de las leyes y del cumplimiento de las sentencias.

La Ley triunfando sobre el mal, Marceliano Santa María. Salón de Plenos del Tribunal Supremo

Conocido como “el pintor de Castilla”, Santa María practicó todos los temas pictóricos: pintura de historia, retratos, autorretratos, pero sobre todo destacó por sus paisajes de Castilla y en especial de su tierra de origen, Burgos.

Continuando en esta planta, se llega al antedespacho del presidente del Tribunal Supremo, en una de las salas rotondas del frente norte del edificio que pertenecieron al Cuarto de la Reina. El antedespacho está cubierto con una cúpula semiesférica con pinturas de José Garnelo y Alda, ejecutadas en 1924.

Garnelo y Alda puede considerarse uno de los precursores del paisajismo intimista. Su obra recibió influencias de todos los estilos y vanguardias imperantes, aunque supo mantenerse fiel a un estilo dominado por el naturalismo, predominando en sus obras la composición, el color y el movimiento. Dentro de su faceta de decorador, se encargó de las pinturas murales de muchos palacios madrileños, resultando, no obstante, su producción más desconocida.

Su proyecto más importante y ambicioso como decorador fue precisamente el del palacio de Justicia, realizando una gran labor documental previa, en la que le ayudaron juristas especializados en la historia del derecho. Gran parte de los trabajos preparatorios que realizó para este proyecto se conservan en el Museo Garnelo, como, por ejemplo, los bocetos elaborados con tizas de colores sobre papel sepia y el estudio al óleo del tema central.

Según Oleguer-Feliú la composición realizada por Garnelo y Alda puede considerarse dentro del programa iconográfico del palacio la exaltación final de la Justicia.

Con este trabajo puso de manifiesto los conocimientos sobre las técnicas de compartimentación arquitectónica y composición de tradición romana adquiridos en la Academia de Española de Bellas Artes de Roma. De este modo, la iluminación de la bóveda se consigue por medio de cinco ventanales elípticos, que rodean el contorno de la línea de arranque, dispuestos de manera asimétrica, ya que todos se concentran en el lado norte para que el sol del mediodía no interfiera en la visión del conjunto.

Entre las vidrieras se sitúan alegorías de las distintas ramas o modalidades del Derecho. Estas son, al contrario de las agujas del reloj:

  • Derecho Natural: representado por Garnelo y Alda como un venerable anciano, que viste con pieles y tiende su mano hacia una joven con su hijo en el regazo, símbolo del derecho positivo.
  • Derecho Romano: presentado como un personaje investido como cónsul, el magistrado de mayor autoridad en Roma. Coronado con una corona de laurel, sujete en sus manos los símbolos en los que se basa son acción legislativa: un papiro y las facis, insignia del consulado.
  • Derecho Civil: recreado mediante un juicio, ambientado en un contexto clasicista griego. El juez aparece de espaldas al espectador, manifestando su veredicto a las dos partes presentes en el juicio: a la izquierda la falsedad, que oculta avergonzada su rostro, y a la derecha el símbolo de la verdad.
Detalle de las alegorías del Derecho Romano y el Derecho Civil. José Garnelo y Alda.
  • Derecho Político: en el centro se muestra una figura femenina con una estrella de seis puntas en la frente, imagen de la Constitución y la Patria, que extiende sus brazos en un claro sentido de protección y concordia, abrazando a dos figuras masculinas: un hombre joven (representante de los trabajadores) y un hombre barbado (símbolo de los empresarios y políticos).
Detalle de la alegoría del Derecho Político o Constitucional. José Garnelo y Alda.
  • Derecho Canónico: representado por un cardenal que dirige su mirada al cielo, donde mediante una ruptura aparece Moisés con las doce Tablas de la Ley, referencia directa al código que sustenta la doctrina cristiana.
  • Derecho Internacional: Garnelo refleja en la escena el principio fundamental de esta modalidad del Derecho, su carácter contractual. Dos diplomáticos firman un tratado mientras que Atenea sustenta un ejemplar del protocolo, velando por la buena marcha de las negociaciones.
Detalle de las alegorías del Derecho Canónico y el Derecho Internacional. José Garnelo y Alda.
  • Derecho Mercantil: el artista escoge al dios Hermes, símbolo de la inteligencia industriosa y realizadora, que sujeta una rueda alada (rueda de la inteligencia)
  • Derecho Penal: en esta escena Garnelo introduce de nuevo la figura de Atenea, que pretende ajusticiar a un acusado, al tiempo que atiende la súplica de clemencia de un reo que se arrodilla a sus pies.

En el centro de la cúpula se desarrolla el tema principal del conjunto: La imposición por España del collar de la Justicia a la Magistratura. Del anillo de la base de la bóveda arranca un árbol, el árbol de la justicia, entre cuyo ramaje se despliegan las representaciones alegóricas de las virtudes y dignidades, que han de tutelar la acción de los magistrados: la Asiduidad, la Vigilancia, la Perseverancia, la Reflexión, la Fama, el Amor a la Justicia, la Verdad, la Meditación, la Memoria, el Entendimiento, la Gloria y la Voluntad. Todas ellas fundamentan la significación del Gran Collar de la Justicia y rodean la escena en la que la matrona representativa de España le entrega el Collar a un magistrado del Tribunal Supremo.

La imposición por España del collar de la Justicia a la Magistratura, José Garnelo y Alda. Atedespacho del presidente del Tribunal Supremo

El Gran Collar de la Justicia es una insignia exclusiva del presidente del Tribunal Supremo, creada en 1844 por Isabel II. El collar fue realizado en la Platería Martínez, por el orfebre Pablo Cabrero. Consta de dieciocho eslabones esmaltados, que reúnen una serie de símbolos referidos a la Justicia: el libro (la ley), la espada (la magistratura jurisdiccional), la balanza (equidad), el haz de mimbres (la fuerza unificadora) y el hacha (el poder de la luz). A los que se añaden dos nuevos símbolos, cuya iconografía es frecuente en el siglo XIX: las serpientes (la Redención y la Prudencia) y el ojo (la Vigilancia).

Normalmente, desde el antedespacho las visitas al edificio continúan hasta el gran vestíbulo de la entrada principal y la escalera de honor, situada en el mismo lugar donde se hallaba la antigua escalera que comunicaba con las habitaciones privadas de Bárbara de Braganza, que hoy en día se conserva en el palacio del marqués de Cerralbo.

Aunque el techo de la caja de la escalera está rematado con una gran vidriera de la casa Maumejean, en las que aparecen de nuevo figuras alegóricas de la Justicia, las pinturas de la cornisa rompen con esta temática, al presentar escenas costumbristas, que hacen referencia a las regiones españolas y las principales fuentes de producción.

Escalera de honor del palacio de Justicia. Tribunal Supremo.

Estas pinturas son obra de Enrique Simonet Lombardo, pintor de la escuela malagueña, caracterizado por su eclecticismo. Con una gran variedad de tendencias y temáticas, Simonet evolucionó desde el realismo y naturalismo academicista hasta el impresionismo de su última etapa en Madrid. En un principio adquirió fama por sus obras religiosas y de género, mostrando posteriormente una predilección por el paisajismo realista.

Curiosamente, entre sus obras mitológicas y alegóricas destacan las pinturas decorativas de los palacios de Justicia de Barcelona y Madrid. Realizado poco antes de su muerte, el conjunto alegórico del palacio madrileño se compone de ocho lienzos pintados al temple que muestran a cuatro hombres y mujeres símbolos de las provincias españolas.

Las figuras se encuentran semidesnudas y en posición sedente, sobre un cubo, lo que les proporciona un aire de pose de academia. Todas tienen como fondo un cielo azul luminoso. La luz presente en todos los lienzos es la típica del impresionismo mediterráneo, y la pincelada ágil y suelta, a base de toques amplios y constructivos. Al lado de cada una de ellas, aparece el escudo de la región que representan.

TRIBUNAL SUPREMO-Escalera honor (3)

TRIBUNAL SUPREMO-Escalera honor (4)
Escenas costumbristas representando las regiones de España, Enrique Simonet

Descendiendo por la escalera, se sitúan junto a su arranque dos esculturas de Lorenzo Coullaut Valera que representan a Justiniano y Alfonso X el Sabio, dos alegorías de la Jurisprudencia. Justiniano hace referencia al Derecho antiguo, mientras que Alfonso X a la Jurisprudencia medieval.

Escultor de renombre, Coullaut Valera se formó con Antonio Susillo y Agustín Querol. Su producción artística abarcó todos los géneros (retratos, imaginería y escultura funeraria), aunque su especialidad fueron los monumentos públicos, destacando en Madrid sus esculturas de Campoamor, Echegaray, Cervantes, Menéndez Pidal y los hermanos Álvarez Quintero.

Su estilo se mantuvo siempre dentro del realismo decimonónico, aunque procuró actualizarlo, primero con la influencia del art nouveau y después, a partir de a segunda década del siglo XX, momento en el que realiza sus esculturas del Palacio de Justicia, con los planteamientos del pensamiento estético de la Generación de 1914, en torno al que surgieron el realismo castellano y novecentismo catalán. De este modo, sus trabajos de esta época se volvieron más sobrios, serenos y elegantes, acercándose al clasicismo griego y el Quattrocento italiano.

Dentro del programa iconográfico del palacio de Justicia, la imagen de Justiniano de Coullaut Valera nos remite a la influencia que el Corpus Iuris Ciuilis, redactado bajo la dirección de este emperador, tuvo en la confección del Libro de las Leyes o las Siete Partidas, cuerpo normativo redactado en la Corona de Castilla, con el objetivo de conseguir una cierta uniformidad jurídica del reino.

TRIBUNAL SUPREMO-Escalera honor (10)
Escultura de Justiniano, Lorenzo Coullaut Valera

Por su parte, la estatua de Alfonso X representa el período de mayor esplendor de la historia jurídica de Castilla, en el que vieron la luz el Fuero Real o Espéculo y las mencionadas Siete Partidas, así como numerosas disposiciones.

Escultura de Alfonso X el Sabio, Lorenzo Coullaut Valera

Al salir al exterior, regresamos al tema central del programa iconográfico del palacio. En la fachada principal, situada frente a la plaza de la Villa de París, Rojí remató el sobrio alzado diseñado inicialmente por Carlier con un frontón.

Ya hemos señalado que la fachada principal, situada frente a la plaza de la Villa de París, albergaba originalmente el Cuarto de la Reina. La fachada diseñada inicialmente por Carlier se caracterizaba por una gran sobriedad, estructurándose en tres alturas, rematadas por cubiertas de pizarra y buhardillas. El único elemento que destacaba era la portada de acceso, rematada por un gran frontón triangular, sobre el que se colocó en 1920 un grupo escultórico firmado por Miguel Blay, La Justicia amparándose en la Equidad y el Derecho.

Fachada principal del palacio de Justicia. Tribunal Supremo

Miguel Blay era una de las principales figuras de la escultura modernista catalana y española. Tras formarse en Olot, París y Roma, se estableció definitivamente en Madrid en 1906, donde pasa a participar activamente en la escultura monumental de la ciudad, convirtiéndose en un referente de modernidad.

El grupo de Blay para la fachada principal del palacio muestra las tres grandes finalidades a las que se dedica el edificio: la aplicación de la Justicia, el ejercicio de la Equidad y la perseverancia en el Derecho. La Justicia aparece representanta como una joven de aspecto severo, vestida con un peplos. Luce una estrella sobre su cabeza, que hace alusión a su carácter de guía en la oscuridad. En su mano derecha porta una antorcha, que recalca su cualidad de iluminadora.

A la derecha de la Justicia, encontramos la Equidad, mostrada como una joven con melena suelta, símbolo de hermosura y virginidad. Viste con una túnica amplia, idea de pureza, y en su mano derecha lleva una pequeña balanza recogida.

El grupo se completa a la izquierda con el Derecho. Alejándose de su representación tradicional, sedente y vestida con una toga, Blay nos presenta a una figura masculina desnuda, de fuerte musculatura, que sujeta una tablas con inscripciones. Su musculatura hace alusión a la potencia y la fuerza, mientras que las tablas hacen referencia a la legislación escrita, al conjunto de leyes de un Estado.

A los lados del grupo central, encontramos otras dos esculturas realizadas también por Blay. A la derecha, la representación del Derecho Romano. Esta vez sí representado como una figura masculina, sedente con toga, que sujeta un gran libro cerrado y una espada con la punta hacia abajo. El libro hace alusión a la ley y la espada a la magistratura y su fuerza.

En el lado contrario, tenemos el Derecho Civil, mostrado también como un varón sedente con ropajes clásicos y un gran libro abierto. Mientras que el libro cerrado del Derecho Romano hace referencia a la ley antigua, el libro abierto nos habla de la ley nueva.

Las hornacinas situadas a los lados de la entrada principal albergan las estatuas de los juristas Papiniano y Gayo, obras de Mario Capuz y Vicent. Estos personajes simbolizan a la Jurisprudencia como lo hacían las figuras de Justiniano y Alfonso X en el gran vestíbulo.

En el caso de la siguiente fachada, situada en la calle del Marqués de la Ensenada, Rojí pudo componerla ex novo al ser considera por Carlier una fachada secundaria que ocupaba el espacio de lo que antiguamente fue la gran terraza del monasterio que se abría a la huerta.

Sobre el frontón del cuerpo central encontramos de nuevo otra escultura firmada por Miguel Blay. Se trata de otra representación de la Justicia, pero que en este caso responde a conceptos griegos. Muestra a una Temis sedente, con el brazo derecho alzado en gesto solemne y admonitorio. Su actitud grandilocuente y entronizada se contrapone con la actitud más austera y severa del mundo romano. Al mismo tiempo, aparecen también símbolos iconográficos propios del Renacimiento como el haz de juncos (fuerza unificadora), del que sobresale un hacha (representación del poder de la luz).

Representación de la Justicia en la fachada del marqués de la Ensenada, Miguel Blay

En cuanto a las esculturas de las hornacinas laterales, representan a hombres de leyes, que simbolizan otra vez la Jurisprudencia: Gregorio López y Jacome Ruiz. Ambas presentan una inscripción en el pedestal indicándonos la identidad de los personajes.

La escultura de Jacome Ruiz fue realizada por Fructuoso Orduna, díscipulo de Mariano Benlliure y conocido especialmente por su producción urbana. Jacome Ruiz fue uno de los juristas que participó en la elaboración de las Siete Partidas. Con su imagen se quería personificar a la Jurisprudencia medieval hispana.

Escultura de Jacome Ruiz, Fructuoso Orduna

En cambio, la escultura de Gregorio López, obra de Mario Capuz, personifica a la Jurisprudencia renacentista. Gregorio López fue un famoso abogado granadino, oidor de la Chancillería de Valladolid, fiscal del Consejo de Castilla y presidente del Consejo de Indias.

BIBLIOGRAFÍA

AGUILÓ ALONSO, Mª P., LÓPEZ-YARTO ELIZALDE, A., y TÁRRAGA BALDÓ, Mª L. (1997): “La reina Bárbara de Braganza y la fundación del monasterio de las Salesas Reales de Madrid”, en La mujer en el arte español, Madrid, pp. 229-238.

CLÉMENTSON LOPE, M. C. (2005): “El Collar de la Justicia”, Revista del Museo Garnelo, 1, pp. 44-61.

CHUECA GOITIA, F, HORCAJADA ÁLVAREZ, J., y ÁLVAREZ CIENFUEGOS, J. Mª (1995): Tribunal Supremo de Justicia. Madrid.

LOPEZOSA APARICIO, C. (2005): El Paseo del Prado de Madrid, Arquitectura y desarrollo urbano en los siglos XVII y XVIII. Madrid.

MARTÍN MARTÍN, T. (2011): “El jardín de las Salesas Reales”, en CAMPOS, F.J. (Coord.): La clausura femenina en el Mundo Hispánico: una fidelidad secular: Simposium (XIX Edición). Madrid, pp. 1003-1025.

OLEGUER-FELIÚ Y ALONSO, F. de (1995): “Iconografía jurídica en el Palacio de Justicia de Madrid”, Interpretatio: revista de Historia del Derecho, 3, pp. 149-178.

OLEGUER-FELIÚ Y ALONSO, F. de (1977): “En torno a algunos edificios oficiales de nuestra capital y a las obras artísticas que albergan”, Anales del Instituto de Estudios Madrileños, XIV, pp. 359-380.

TOVAR MARTÍN, V. (2000): Historia breve de la Arquitectura Barroca de la Comunidad de Madrid. Madrid.

VELASCO GÓMEZ, J. (1980): “Estudio de la obra de Enrique Simonet Lombardo”, Jábega, 30, pp. 41-56.

Anuncios